El árbol caído

María salió del baño envuelta en un albornoz que le llegaba hasta las rodillas y con una toalla enrollada cubriéndole el cabello empapado. Su marido, cómodamente sentado en el sofá, miraba en la televisión las noticias sobre el divorcio del ex-presidente de los EE.UU., que al parecer mantenía un romance con una joven estrella de Hollywood.

María se detuvo a observar la pantalla. Aunque ya hacía años que había abandonado la Casa Blanca y en contra de lo habitual en los políticos retirados, aquel presidente era aún asiduo de las noticias, cuando dictaba alguna conferencia o cuando asistía a algún acto social acompañado por su todavía esposa, considerada unánimemente modelo de elegancia y distinción.

Se dio la vuelta y avanzó hasta su lujoso armario. Mientras empezó a pasar su vista sobre sus vestidos siguió escuchando cómo el locutor relataba el escándalo que transmitían los medios de comunicación estadounidenses. Durante muchos años la pareja presidencial había sido, ambos jóvenes y guapos, el ideal de matrimonio moderno y feliz. Ahora esta imagen se apagaba como una cerilla en una corriente de aire.

Tomó un vestido y lo dejó sobre su lado de la cama. Acercándose hacia el sofá, mientras se frotaba el pelo con la toalla, escuchaba como el fracaso matrimonial amenazaba no con arruinar también la muy prometedora carrera política del hermano del ex-presidente, considerado un campeón de las causas justas y que gozaba de amplios apoyos entre la juventud de su país.

Al lado del vestido dispuso las medias, la ropa interior, el collar de perlas, la diadema con brillantes y los largos guantes de seda. Repasó los complementos con la mirada y dio la lista por buena. La percepción del presidente y su presidencia, continuaba el reportaje, había cambiado drásticamente durante los últimos años. Sus fracasos militares en Cuba y especialmente Vietnam del Sur ahora eran más tenidos en cuenta que el avance en los derechos civiles que había impulsado durante su mandato. Cuando ganó la presidencia tras barrer a su rival en aquel famoso debate televisado, parecía atractivo y el mejor líder. Pero ahora lo veían frívolo y demasiado impulsivo. Al escándalo iniciado por sus relaciones con una actriz y cantante, tan conocida por su gran talento y caricaturizada por su nariz prominente, empezaban a seguirle revelaciones sobre otras infidelidades, algunas incluso durante su mandato y en la propia Casa Blanca.

María elevó las cejas e hizo rodar sus pupilas, pero su marido no pudo ver su gesto de desdén al estar de espaldas, mientras se servía un whisky escocés del mueble-bar. El divorcio no era ni de lejos el peor tormento que debía sufrir el ex-presidente. Su archirrival político y ahora sucesor en la Casa Blanca había culminado, sin entusiasmo pero aprovechando hábilmente la inercia creada, la legislación de Igualdad de Derechos que él mismo había empezado a esbozar, ganándose con ello el fervor de muchos de los que antes le habían despreciado. Y la victoria militar sobre el Vietnam comunista había mutado al otrora político de apariencia gris en el gran estadista moderno, ganador del Nobel de la Paz por su acercamiento a China y la URSS.

Cuando María volvió a pasar al lado de su marido estaba desanudándose el albornoz y él se giró para sonreírle y dedicarle un cumplido a su trasero, que arrancó una sonrisa condescendiente y una graciosa reverencia de la dama. El reportaje acababa rememorando aquella ya lejana mañana en Dallas, cuando una paloma se cruzó en el momento justo para recibir el impacto de una bala que iba destinada al entonces tan admirado presidente, que fue considerado el hombre más afortunado del mundo.

– Si los dioses griegos sufrían derrotas y los héroes morían sufriendo, ¡cómo no iban a caer estos políticos de pacotilla! – concluyó su marido, más hablándose a sí mismo que dirigiéndose a ella.

Ella ya se había vestido, con movimientos rápidos pero para nada bruscos, y se aplicó en el tocador el mínimo aderezo cosmético imprescindible, sabiendo que más tarde en el camerino recibiría todo los cuidados que quisiera. Contempló un momento su imagen reflejada en el espejo y tras dar su aprobación se giró hacia su marido y le apremió.

– Apresúrate Aristóteles, o acabaremos llegando tarde.

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La última de Rivas

Le espero leyendo, más bien mirando, la última novela de Rivas. Los nervios, el miedo, no me dejan entender los párrafos. Veinte años ya, él triunfando en América, yo aquí pagando facturas. Veinte años de cartas cada vez más esporádicas y felicitaciones navideñas. Miedo a que la amistad aplazada sea en realidad amistad perdida. Siento frío.

Llega. Nos saludamos. Nos abrazamos. Las cortesías habituales. Deja el abrigo y el libro que lee al otro lado de la mesa.

-¿Qué lees? -le pregunto.

-El último de Rivas.